In Costumbres, Cuentos, Tradiciones, Venezuela

Juancho el burrito que se convirtió en Rey

burrito

Érase una vez un burrito llamado Juancho que vivía en un pueblito llamado Ejido, en Mérida, Venezuela. El burrito pertenecía a una familia muy humilde que lo utilizaba como medio de transporte para bajar y subir las montañas. El burro Juancho era el quinto descendiente de una familia de burros que habían nacido en esta casita y crecido bajo la protección de sus dueños. Eran buenas personas y trataban bien a sus animalitos, no habían lujos, pero nunca faltaba el alimento para Juancho.

Juancho no era un burrito cualquiera, participaba en los juegos de los niños en la calle y era querido por todos. Cada día, al caer la noche, cansado de tanto y tanto trabajar, bajar y subir la montaña, jugar con los niños, quedaba exhausto y rendido encima de una camita de aserrín que sus amos le amontonaban para que Juancho no pasara frío.

La temperatura estaba helada, eran días decembrinos y en Los Andes Venezolanos desciende la temperatura y se visten los páramos con mantos blancos de nieve. La montaña se levanta y luce, a manera de curiosos adornos, sus flores de frailejón y a los lados en los valles, hermosos sembradíos, geometricamente planteados con la amabilidad y el trabajo que distingue a los pobladores de esa región de mi país.

Que gente pa’buena y trabajadora la que habita nuestra región andina. Por eso el burrito Juancho se sentía dichoso de vivir ahí, rodeado de tanta belleza, de tanta paz y tanta gente bonita. Pero Juancho, al dormir, no podía dejar de soñar…

Soñaba que era un Rey,¡sí! un burrito Rey, la gente lo veía trotar por las calles y le hacían una reverencia, lo aplaudían, le arrojaban flores amarillas de frailejones, frutas, etc. En sus sueños Juancho era el burrito más famoso de esas montañas, muy querido y venerado por todos los habitantes del pueblo.

Cada mañana, Juancho al despertar se daba cuenta que solo había sido un sueño y que tocaba levantarse y trabajar duro, sin embargo, agradecía lo muy afortunado que era y con un trote alegre hacía su trabajo sin que nadie pudiera quejarse de su desempeño.

Había pasado la navidad y era víspera de Año Nuevo, la gente estaba emparrandada y preparándose para recibirlo, había mucho que hacer, Juancho subía y bajaba la montaña una y otra vez, cargando frutas, carnes y todo lo necesario para la gran fiesta que se hacía en el pueblo. Se entremezclaban los olores del calentadito y otros licores artesanales, pan de leche, frutos abrillantados, cafecito colado, de flores y frutas frescas cosechadas en la zona.

burritos

La fiesta había comenzado, se sentía una gran algarabía, los niños y los adultos se divertían y Juancho se hizo a un lado y desde un muy buen lugar podía verlo todo y disfrutar también la celebración. Ya no estaba joven, Juancho llevaba unos cuantos años a cuestas y no era lo mismo, esas duras faenas lo dejaban muy cansado. Pero se sentía feliz y conforme sabiendo que había ayudado a su gente para que nada faltara esa noche.

Entrada la madrugada, se levantó y se retiró a su pequeño potrerito, buscando su camita de aserrín y ahí se echó a dormir. A dormir y a soñar, teniendo el mas maravilloso y último sueño que lo llevaría a alcanzar su anhelo de convertirse en un Rey.

Se abrió la pequeña puerta del potrero y entró un señor con Ropajes raros, algo extravagantes, aterciopelados y muy brillantes. Juancho apenas si podía despegar un ojo, estaba realmente agotado. El distinguido señor tocó la puerta, ¡toc, toc, toc!, Juancho incorporó la mitad de su cuerpo y abrió los ojos ya sin tanto esfuerzo para escuchar lo que este hombre estaba diciéndole.

Disculpe usted Sr. Juancho, estamos mis amigos y yo de paso por este pequeño pueblo y uno de nuestros animales está cansado y enfermo, ya no puede continuar. Nos gustaría saber si estaría usted interesado en acompañarnos a cumplir con nuestra misión y de regreso usted se quedaría como siempre en su casa y él se regresaría con nosotros.

Juancho era muy amable y educado, no era capaz de negarse a hacer un favor y este buen hombre lo necesitaba. Juancho le explicó que de ser así, debía escribirle una nota a sus amos para que no se preocuparan, a lo que el hombre no puso ninguna objeción. Juancho acomodó al enfermo en su cama y tomo unos cuantos bocados de paja y se marchó con aquellos tres hombres.

Para sorpresa de él, no se sentía cansado, sus piernas no parecían tan viejas como el día anterior, su trote era ligero, parecía que volaba, el lugar hacia donde iban quedaba muy lejos, pero el tenía la energía para darle la vuelta al mundo de ser necesario.

Caminó sobre la nieve, no sentía frío, sus huesos no dolían, atravesaron ríos, lagos y llanuras y al cabo de 5 días, una noche, una estrella muy brillante les anunció que habían llegado. Aquel momento fue hermoso, nada que los ojos de nuestro burrito Juancho hubiese visto antes, otros animales estaban en ese lugar y una pareja vestida con ropajes muy sencillos adoraba a su hijo acabado de nacer. Juancho no salía de su asombro, aquellos hombres llenaron al niño de obsequios y bendiciones y explicaron a Juancho que ese niño cuyo nombre era Jesús, había llegado para salvar al mundo.

Pasaron unas horas y había que emprender el camino de regreso, Juancho se sentía fresco y descansado y con muchos deseos de volver a ver a sus amos y a los niños de su amado pueblo Ejido. Un Rey mago le pidió de favor que llevara su corona, pues su cabeza se sentía cansada de llevarla durante tantos días. Juancho se sentía muy feliz, era lo más cerca que había estado de ser un Rey, así que aquel hombre colocó la corona en la cabeza de Juancho sujetándola un poco con sus enormes orejas…

-¡Juaanchooo, juaanchoooo! corrían lágrimas de dolor por la cara de aquel niño que compartió tantas cosas con aquel animalito a quien quizo como si fuese parte de su familia.
-¡Juaanchooo, juaanchoooo!¡despierta por favor!¡No te mueras Juancho!¡No te vayas Juancho!

Juancho había tenido su último y el más maravilloso de sus sueños, había viajado con los Tres Reyes Magos y conocido al niño Jesús, qué más podía pedir…

Los niños del pueblo se reunieron e hicieron con papel y colores una corona para Juancho, los habitantes lo pasearon por las calles, le aplaudían y le arrojaban flores y frutas de las que por muchos años les ayudó Juancho a cargar en su noble lomo.

Lo nombraron el burrito Rey y así Juancho cumplió su más anhelado deseo, se fue dejándolos tristes, muy tristes, pero nadie olvidará nunca a Juancho, el burrito que se convirtió en Rey.

el burrito

Share Tweet Pin It +1
Previous PostLa mar y el viejo pescador

3 Comments

  1. Yarai
    1 month ago

    Me gusto mucho, pero me mataste a Juancho. Eduna hermosa historia navideña. Mucjas gracias por compartirla con nosotros.

    Reply
    1. Hildamar Camejo
      1 month ago

      Gracias Yarucha! Me haces reir, jajajaja. Juanchito paso a mejor vida, pero lo nombraron Rey de su amado pueblo Ejido.

      Reply
  2. SIOLLY RIOS
    1 month ago

    Que hermosa esta historia, conmovedora, se me salen las lagrimas.. Que nos sirva de lección , no dejar pasar la oportunidad para demostrarle a nuestros seres queridos nuestro amor y aprecio.

    Reply

Leave a Reply