In Animales, Caballo Viejo, El Potrero

El nacimiento de Juan Griego, perdón, Juan Solito, el bebé de “Flor”

flor

La mañana avanzaba con mucho apuro, como si se tratara de una señora que va al mercado de compras y ese día en “Caballo Viejo” era apremiante salir en busca de algunas provisiones y otras cosas necesarias para el día a día. Ese día me acompañaban dos personajes que son pieza clave en todo esto de los animales, las plantas, los huéspedes, en fin, en todo este ecosistema que amamos, llamado “Caballo Viejo”. No era tiempo de guardar las vacas pero no quedaba otro remedio, había que hacerlo para poder salir sin la presión de regresar pronto. Como todos los días se hizo la formación y por supuesto yo encabezaba la fila, con mi tobito de aluminio y mi taza roja de servir los granos. Ya casi casi llegando al potrero me volteo para revisar que todo estaba en orden y noté que “Flor” no había acudido al llamado, la busqué con la mirada y la encontré a un lado, en una actitud un poco inusual.

En seguida pensé, en lo que “Flor” se de cuenta que estamos por entrar, va a echar a correr y se me va a armar la San Pablera. No fue así, “Flor” observó de lejos y empezó a caminar muy lentamente hacia donde estábamos todos, luego entró despacito y en sus ojitos podía verse que estaba sintiendo ya los dolores del parto. No comió, señal inequívoca de que está por empezar el trabajo de parto y así sucedió. “Flor” caminaba de un lado a otro del potrero, como hacen algunas mujeres parturientas para acelerar y terminar de encajar el bebé en el canal de parto. No era su primera vez, “Flor” se sentía confiada y segura de lo que tenía que hacer para traer a su becerrito al mundo.

El plan cambió por completo, ya habíamos desistido de salir y, en cambio, tomamos lugares para observar lo que con toda seguridad iba a ser un momento hermoso. Pasaron alrededor de dos horas, nuestra angustia era casi tanta como la de “Flor”, ya ella había encontrado un lugar, un rincón en el potrero donde podía mantenerse aparte, tan aparte que el resto de la manada no se dio cuenta que ella ya estaba por parir. El sol estaba en lo alto, brillaba con bastante fuerza pero había mucha brisa y eso nos apaciguaba el calor. Hablábamos susurrando para no interrumpir aquella hermosa faena y unos minutos más tarde pudimos ver que algo se asomaba, había sacado ya su primera patita.

“Flor” se acostaba y se volvía a levantar, estaba muy incómoda ya y yo, por supuesto, atormentaba ya a mis dos compañeras, a una diciéndole que no debía por nada del mundo perder ningún detalle con su cámara y a la otra, que si será que esto, que si será que lo otro, en fin, llegó el momento esperado y salió vestido de amarillo nuestro ansiado becerrito, suponemos que se trataba de una capa gruesa de grasa.

Ella empezó a lamerlo, limpiando cada pedacito de su cuerpo, sabía lo que hacía, “Flor” resultó toda una experta, en cuestión de minutos, ya el pequeñín trataba de ponerse de pie y se desplomaba ante la mirada frustrada y exigente de su madre.

Estuvimos un momento más hasta que con las piernas muy cansadas y deseando poder hablar en voz alta para celebrar el nacimiento, entramos a la casa y dejamos a la madre y al recién nacido disfrutar ese momento con algo de privacidad.

Transcurrió un buen rato y volvimos para revisar que todo estuviese marchando bien y los encontramos ya limpiecito y descansando, el resto de la manada aún estaba del otro lado del potrero y ella hacía un sonido que usualmente hacen para llamarse entre ellos, pero aquellos al parecer no la escuchaban, la brisa soplaba en contra y se lo llevaba. Pasaron casi dos horas y se acercó por casualidad Dorothy, mi querida oveja, y se le fue reuniendo el resto. Nube se acercó sorprendida e inmediatamente asumió su rol protector de siempre. Todos saludaron y dieron la bienvenida a nuestro nuevo becerrito.

Ya empezaba a caer la noche y nos tocó despedirnos, “Flor” estaba esponjada de orgullo con su bebé y Simón el bebé de Nube de Agua, de dos meses ya de edad, lo contemplaba sin entender mucho lo que sucedía y sin imaginar que unos diitas después se convertiría en su compañero inseparable.

Al día siguiente lo bautizamos con el nombre de “Juan Griego”, en honor a la hermosa bahía de Juan Griego, Nueva Esparta, Venezuela, pero después de leer esta historia, entenderán el por qué mi Tío Wincho, emocionado e inspirado con este cuento bonito, decidió renombrarlo “Juan Solito”.

 

De la pluma de mi querido Tío Wincho, un poema de su propia inspiración como regalo por el nacimiento de “Juan Griego” (Juan SOLITO) como cariñosamente el lo bautizó.

Nació ya el becerrito, pero llegó al mundo SOLITO lo bautizamos “Juan Griego” y le decimos “Juan SOLITO”.

Estaba con brisa en contra, ni las ovejas, ni el Toro, ni las vacas , ni los perros y por ocupado tampoco estuvo Eduardito.

Pero Hildamar pendiente, viendo como lo lamía, para quitarle de su piel lo amarillo que tenía.

Y ahora está tan precioso, pero ya no está SOLITO, estamos todos mirándolo, felices con su madre “Flor” y los demás amiguitos; la oveja, las vacas, los perros y los invitados.. quieren saber mi opinión: ¡Te quiero mucho Juan SOLITO!

Autor: Edduin Marcano (Tío Wincho)

Share Tweet Pin It +1
Previous PostSimón nació en primavera en el medio de la pradera
Next Post¡Canela, Canelita, tú sí que saliste bonita!

4 Comments

  1. Yarai Alvarez
    5 months ago

    Hermoso. Y el poema de tu tio le da la estocada final a la historia, me encanto como todo lo que escribes. Bienvenido al mundo Juan Griego, conocido como Juan Solito

    Reply
    1. Hildamar Camejo
      5 months ago

      Gracias mi querida Yarucha! Como pudiste darte cuenta, eres una de las piezas claves! Te adoro!

      Reply
  2. migdaliA
    4 months ago

    Que bellos momentos , vividos con tus queridos animalitos, Dios te bendiga y te proteja tqm

    Reply
    1. Hildamar Camejo
      4 months ago

      Asi es tía querida! Yo también te quiero mucho!

      Reply

Leave a Reply